Furgonetero, ¿se hace o se nace?

Furgonetero: se nace o se hace. Furgosfera

No es ajeno, ni siquiera al mundo camper, el gusto por poner etiquetas, decálogos y requisitos para ostentar con orgullo un título de dudosa credibilidad. Así han surgido todos esos tips para medir ese ya llamado postureo que tan bien queda en las fotos. Pero si somos defensores del “espíritu camper” no podemos vincularlo a una lista de complementos que a modo de fondo de armario nos convierta en el prototipo perfecto de la vanlife. Y es que si tener una brocha no te convierte en pintor, tener una furgo no te hace furgonetero. Cómo es posible? Es sencillo: el hábito no hace al monje. Y aquí entra el debate…

Hay domingueros con furgo, hay furgoneteros con coche, hay turistas de masa con vehículo y hay vehículos con inconformistas exploradores. Cuando lo que nos define es un sentir de nada sirven los complementos si con tu modo de actuar no te conviertes en ejemplo de un modo de vida que sabe a simplicidad, autenticidad y respeto.

Cuando desde hace unos pocos años la imagen asociada a las furgonetas y sus usuarios dejó de ser la de aquéllos que no podían permitirse un hotel y cambió por la de unos misteriosos bohemios amantes de la buena vida, lo que antes era un modo de viajar alternativo y algo minoritario, incluso mal visto, comenzó a ser deseado por todos. Y todo deseo viene asociado a la generación de nuevas necesidades y nuevos mercados, furgonetas de lujo con comodidades gama alta que quedan muy lejos de ese colchón tirado en la parte de atrás, garrafa de agua y palangana, que radicalizó a los camper en dos sectores: aquéllos que añoran los tiempos de “carretera y manta”, coger tu casa con ruedas sin rumbo sabiendo que la noche te regalará un lugar perfecto para desconectar, y los que conforman un nuevo turismo de masas, no de hotel y parque de atracciones, pero sí de plazas de aparcamiento y líneas de costa saturadas. Que me perdonen, pero es inevitable pensar “cuando éramos pocos se disfrutaba más”.

Sin echar balones fuera, llega mi autocrítica. Soy de las que lleva poco tiempo, a penas 7 años sin entender otro modo de moverme que no sea en mi furgo, con nuevas comodidades recién estrenadas, que no lloró cuando por fin pudo despedirse de aquella primera Vito del ´92 y de las que disfruta con ese “postureo” en redes sociales. Y sin embargo, siempre he sentido que en cierto modo, en algún punto del camino, se ha desvirtuado la filosofía camper y no se está cuidando el decálogo más importante, el de la responsabilidad por nuestra huella ecológica y la mala praxis de tantos nuevos usuarios. Y eso sí me causa cierto malestar. Atraídos a este sector por las fotos idílicas de publicidad, se ha malinterpretado que ser furgonetero es “dormir gratis donde quiero y como quiero”. Línea de costa, parque natural, reservas… Lugares paradisíacos que lo son precisamente porque interactuábamos lo menor posible en ellos y que, a causa de la masificación están teniendo que ser clausurados o cuanto menos, regulados.

No, salir del concesionario con tu flamante furgoneta no te hace furgonetero, como quizás tampoco lo hace que lleves más años que yo en este mundo.

No hay complemento o circunstancia que puedan suplir la carencia de la adecuada actitud que destila quien realmente entiende este estilo de vida que, por encima de modas, sabe a pasión por exprimir cada día.

Viajar en furgoneta es una terapia contra el apego y la rutina, pero sobre todo es una pastilla para la adaptación, la flexibilidad y la improvisación. Porque no hay presente más potente como el de no saber dónde vas a dormir esa noche, depender de las horas de luz, observar el lugar no para explotarlo, sino para hacer una respetuosa casa efímera. Porque no hay camino más consciente que el que trazas sobre tus ruedas eligiendo paisaje antes que velocidad, sabiendo que el trayecto con curvas es el que esconde el tesoro que todo explorador desea encontrar, sin masificar, sin agredir el paisaje. El que eliges para ir, no sólo para llegar. Porque en la carretera el tiempo se mide en instantes y con lo puesto. Qué importa cómo es tu furgoneta o tu coche… Qué más da, si entiendes que eres sólo un invitado privilegiado en esta gran casa que es el Mundo.

Si te comportas como tal, eres furgonetero.

Porque esa forma de sentir no se compra, con este espíritu se nace.

Susana Rosellón
Viajera incansable, para Susana la verdadera riqueza es tener la libertad para moverse sin límites y vivir cada momento como si fuera el último. Con su furgoneta como pasión y el yoga como estilo de vida ¡lo tiene todo! Dos amores que compagina desde hace más de 10 años.