La caja de colores Alpino y la dualidad de la (van)life

la dualidad de la vanlife

El otro día, hablando con una amiga que es más hermana que amiga, me dijo que cada vez que pensaba en nosotros nos imaginaba dentro de la caja de colores Alpino, ¿la recordáis? Esa en la que de fondo se ven unas montañas picudas nevadas con un cielo azul estupendo. Me resultó una imagen demasiado idílica y me vi en la obligación de explicarle que nuestra realidad no era exactamente así, aunque nos haga muy felices. 

Hemos elegido un estilo de vida diferente, sí. Llevamos poco tiempo y todo nos resulta exultantemente emocionante, desde llegar a sitios nuevos hasta descargar las aguas negras. Quizá es porque de momento todo es novedoso. Quizá, con el tiempo, los pequeños «quehaceres» diarios de la vanlife se normalicen tanto que resulten tediosos y necesitemos otra cosa. Pero eso es lo bueno de la vida, nos está permitido cambiar, probar, experimentar, aprender y volver a empezar, a pesar de lo que el resto piense o diga. Y no el resto como personas físicas, sino el «resto» como un estándar de vida predefinido. 

El ying y el yang de la vanlife

Vivimos desde hace tres meses en nuestra autocaravana del 89 con nuestro hijo que el mes que viene cumplirá 3 años y, aunque nos resulta magnífico todo lo que estamos viviendo, no siempre es bucólico y pastoril las 24h del día, los 7 días a la semana. Las prioridades mutan y se transforman y es un gran esfuerzo darle importancia a lo esencial o invertir la pirámide en función del día, aunque después a nosotros nos resulte más satisfactorio. Digamos que nos enredamos menos y reducimos las interferencias. 

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Por poner un ejemplo, el último mes lo hemos pasado al pie de unas montañas nevadas preciosas, efectivamente, casi como en la caja de colores Alpino, pero no tuvimos el cielo azul sobre nuestro techo de manera constante. Muchas veces nos despertamos rodeados de niebla y con una humedad que calaba muy dentro. Tuvimos que cambiar de sitio en varias ocasiones. Al principio, porque el terreno que nos facilitaron estaba en pendiente y corríamos riesgo de hundirnos con las primeras lluvias. Era una tierra muy fértil y no era muy viable aparcar con nuestras 3 toneladas y pico. El segundo espacio en el que aparcamos tenía pocas horas de sol y la batería no llegaba para sostener nuestro consumo eléctrico. A esto pudimos adaptarnos sin problema: cada dos o tres días nos movíamos a vaciar aguas, rellenar tanques y acercarnos a la lavandería y aprovechábamos para darle sol a la placa, pero no siempre hacía sol. Fruto de esto decidimos cambiar la nevera, pues funcionábamos con una de 12v pequeña desde Agosto (la nuestra trivalente se había estropeado y resultaba peligroso encenderla). Creemos que este cúmulo de circunstancias nos llevaron a la decisión correcta, pero, aunque ahora estamos encantados con nuestra nueva nevera a compresor y el funcionamiento de placa y batería, fue una inversión con la que no contábamos y un trastorno. 

El verdadero drama vino cuando los animales de nuestro alrededor normalizaron nuestra presencia y Lola, nuestra gata, empezó a cazar ratones y otros roedores. Aunque ¡menos mal que estaba ella!, pues el hecho de pensar que alguno entrase en el motor sin darnos cuenta y royese cables nos puso bastante nerviosos. Valoramos de nuevo buscar otro aparcamiento en el pueblo, pero la zona de colinas dificultaba encontrar un sitio en llano y alejarnos de los servicios no era una opción por la dificultad de usar la bicicleta con las cuestas empinadas. Tampoco es que nos guste mover demasiado la autocaravana cuando estamos parados en un sitio. Así que después de un mes entendimos que, por mucho que las vistas a las montañas nevadas nos encantasen, a nivel operativo no era la mejor zona para quedarse demasiado más tiempo. 

el ying y yang de la vanlife

La utopía sirve para caminar

Estamos aprendiendo a vivir una nueva estación en la autocaravana, y cada sitio tiene su propio clima, y cada clima sus pros y sus contras. Vivimos con las horas de luz y aunque el frío o el calor no nos condicionan demasiado para estar dentro o fuera, el frío no deja de ser frío, el calor no deja de ser calor y la lluvia no deja de ser la lluvia. 

No se trata de contar nuestra experiencia en negativo, pero sí de ser realistas y tratar de trasmitir que todo tiene su parte buena y su parte no tan buena. En nuestro caso, nos gusta estar «apretaditos» y «juntitos»,la autocaravana es un espacio muy reducido y lo llevamos bien. Los ritmos y dinámicas se comparten más, estamos más presentes en los ciclos emocionales de cada uno, pero esto puede a veces resultar «demasiado» intenso y es un aprendizaje saber gestionarlo. Respetar los espacios y tiempos personales, buscarlos y darles prioridad, conciliar los intereses de cada uno de los tres con los ritmos del día, las necesidades básicas, el movimiento y las necesidades de proyección y trabajo.

Tenemos que desprendernos de «viejas» estructuras horarias y encontrar la que mejor se adapta a nuestra familia. En mi caso, he intentado en varias ocasiones madrugar para trabajar, ponerme el despertador a las 05.30- 06.00 para poder dedicarle un par de horas tranquila. Sin embargo, despertarme yo ha hecho que se despierte la gata, que empiece a maullar y subir por todas las camas, que despierte a Iago cansado sin poder volver a dormirse y vernos los cuatro (gata incluída) despiertos viendo amanecer desde la ventana y sin trabajar. Que no está mal tampoco, pero hay que lidiar con las expectativas de lo que «creías» que ibas a poder hacer y al final «replanificar» día y tiempos. Aunque, en estos casos, siempre nos hemos quedado con un amanecer precioso y un despertar diferente. 

A todo esto hay que sumarle que nuestra casita sobre ruedas es una señora abuela, con sus achaques derivados de la edad. A veces nos sorprende con tonterías que hay que resolver estemos donde estemos y no siempre tenemos los materiales adecuados a mano o el tiempo a disposición, pero esto ya lo sabíamos y lo asumimos sin problema. Es una característica más de nuestras circunstancias, activamos nuestra parte creativa, resolutiva y de trabajar en equipo y nos sentimos bien cuando hemos solucionado el problema. 

Nos gusta, sí, nos gusta mucho proyectar una vida nómada, disfrutar de nuestro tiempo en familia, vivir viajando en nuestra Gorda, la incertidumbre y sentir que llevamos las riendas de nuestras vidas. Nos emociona profundamente ser más conscientes de los elementos y tratar de equilibrarnos con la naturaleza que tenemos en nuestro entorno. Hacer de cada sitio por el que vamos una nueva zona de confort, sentirnos itinerantes, despertarnos al lado del mar o al pie de las montañas. Salir a saltar en los charcos, pasar los meses de calor oliendo a salitre y resguardarnos del frío con juegos de mesa, manualidades o contando historias. Nos encanta descubir los sitios por los que vamos, llegar a lugares nuevos y perdernos por carreteras secundarias. Nos gusta pensar que será así siempre y que solo acabamos de empezar. Nos encanta ver cómo Iago socializa, saluda, se interesa por resolver problemas con nosotros, juega con palos, se despierta cuando ya no tiene sueño y come cuando tiene hambre. Ver cómo explora cada sitio nuevo y desarrolla su autonomía, verbaliza lo que le gusta o no le gusta de cada sitio y entiende que no en todos los sitios existen las mismas normas o que no todas las personas llevan la misma vida. Juega con niñas y niños muy diferentes a él y participa en la dinámica familiar con una capacidad de adaptación grande, no olvida amigos y amigas y amplía su mundo cada vez que nos movemos. 

Nos gusta, sí. Nos gusta todo esto y muchas otras cosas. Pero no estamos en la caja de colores Alpino constantemente y queríamos compartirlo. Cada decisión que uno toma implica el rechazo de otra. Es el ying y el yang de la vida, la dualidad que somos, el sol y la luna, el calor y el frío, la alegría y la tristeza. Se esté en donde se esté, de una manera u otra, y esto no podemos olvidarlo. Pues, aunque cada una busque la felicidad a su manera, es utópico pensar que en esa felicidad no hay parte oscura. A nosotros nos sirve exactamente así, ahora mismo no queremos ni más ni menos. Somos de los que defendemos la frase de Galeano, «la utopía sirve para caminar«, y eso hacemos, caminar. Por un camino en el que a veces aparecen piedras, pero tratando de que los tropiezos sean puras anécdotas, pues el camino nos está resultando sobre todo asombroso, excitante y a nuestra medida, con todo el pack emocional, climatológico y de improvisación incluido.

Amante de la naturaleza, viajera empedernida y madre desde hace poco. Expresa sus sentires mediante palabras que a veces acaban siendo textos en @babyvanblog. Sueña con dar la vuelta al mundo. Actualmente está emprendiendo un estilo de vida nómada con su pareja, el hijo que tienen y una gata peluda y tricolor llamada Lola. Mientras viaja ofrece sus servicios de escritura, lo que más le gusta es el producto de "Relato Personalizado", indaga en su web para saber más. "La Gorda", una autocaravana del 89, es su hogar.