Metafurgosis: Cambiar la mochila por la furgo

Cuando tienes un hijo, todo el mundo espera que dejes de viajar. Que, ahora sí, te “centres” y lleves “una vida normal”. ¿Cómo va a ser bueno para un niño estar de un sitio para otro? ¿Cómo lo educas? ¿Y si se enferma? 

Con «Hola, Mundo», Lucía y Rubén han querido dar respuesta a las preguntas y miedos más típicos a la hora de viajar con un niño así como ahondar en los beneficios que el viaje pueda aportar en la primera infancia. Lo hacen a través de su propia experiencia y  de la voz de expertos en biología, pediatría, neuropsicología…

Y es que sí, viajar con niños es posible. Aunque para ello tengas que hacer cambios en tu manera de viajar. Como, por ejemplo, cambiar la mochila por la furgo. La Metafurgosis que nos relataba Rubén en el primer número de Furgosfera y que hemos querido recordar con el estreno de este documental.

¡Disfruta la lectura y el documental!

Metafurgosis (por Algo que recordar)

Llegaste hace unos meses de tu último viaje largo y aunque desde entonces has hecho alguna escapada que otra, llevas ya unas cuantas semanas encerrado en Madrid. Se supone que deberías sentirte asfixiado, pero sorprendentemente eres feliz entre las mismas cuatro paredes día tras día. Hace frío fuera. A veces llueve… a veces no. O eso. crees. No importa. Tu mundo está cambiando a mucha velocidad y tú estás intentando
hacerte con él de nuevo. Poco a poco.

Hasta hace no mucho (nunca lo dijiste en voz alta), te sentías en posesión de la verdad absoluta. Viajar sin billete de vuelta, en pareja y con mochila, se había convertido en “el camino”. En todo lo que te importaba y deseabas. Lo habías dejado todo para dedicarte a ello en cuerpo y cámara. Esa especie de fórmula infalible en la que tan a gusto te desenvolvías y que tanto te había cambiado por dentro y por fuera. Tu forma de entender
el viaje, tus experiencias vividas y cómo te movías por el mundo, eran casi mandamientos para ti. Tallados en la roca más dura. Más inalcanzable. Más impermeable.

Aunque nunca has hecho apología del mochileo, has de reconocer (subjetividades al margen), que te parecía la manera ideal de viajar. Después de una vuelta al mundo de un año y de otro viaje por Asia de 8 meses, habías llegado casi al nivel cinturón negro Tercer Dan Daidi Sensei de mochila. Esa bolsa de poliamida de 42 + 10 litros ya no tenía
secretos para ti. Tirando de tacto, eras capaz de localizar y sacar del fondo justo la camiseta que necesitabas. Llegaste al estado de controlar el pánico que genera ver cómo te quedas sin calzoncillos limpios una y otra vez. De aprovechar el espacio al máximo… plegando, doblando, colocando. De hacer y deshacer a diario toda la mochila en dos minutos y con la misma eficacia. Pero sobre todo… eras capaz de viajar con lo
mínimo e imprescindible e incluso eras consciente de que te sobraban cosas. “Si algo entra… algo sale”, decías. Solo le veías ventajas a eso de tener las manos libres, a no tener que arrastrar ruedas por adoquines o barro, a poder improvisar y cambiar de continente en
cualquier momento “con solo lo que llevabas puesto”. Todo lo que necesitas está a mano y listo para ser usado a golpe de cremallera.

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Así pues, pensabas que esa iba a ser tu forma de viaje para siempre pero, como dicen las buenas lenguas: en esta vida no hay nada eterno. Y mucho menos, una pareja. Por eso a veces las parejas se acaban… para dar lugar a “un trío”. Y claro, toca adaptarse. Hacer sitio. Expandirse.

Muchos esperaban que como a partir de ahora vais a ser tres, se iban a acabar esas ventoleras viajeras de modernos. Esos aires de libertad bohemia fuera del sistema. Esa rebeldía a distancia low cost. Se supone que sí, que ahora sí que sí, tenía que llegar el momento de sentar la cabeza. Pero no. Tu cabeza quiere seguir de pie. Moviéndose. Y tu corazón también. Conociendo otras culturas. Otros lugares. Otras gentes. Así que como
tenéis el síndrome del eterno viajero, no solo no vais a dejar de renunciar a ver mundo, sino que queréis regalárselo al recién llegado al equipo. Demostrando de paso, que con niños, sí se puede. Pasan los días y antes de tu siguiente viaje largo, vas notando que tus
preferencias cambian y tu forma de entender el viaje también. Es algo más fuerte que tú. No ves a la mochila y lo que esta supone con los mismos ojos.

Confuso y sumido en un mar de dudas, te viene a la cabeza cuando recorristeis parte de Australia, Nueva Zelanda y sur de Francia en camper y no puedes evitar controlar una sonrisa que se te escapa. Crees haber dado con la solución. De ir con la casa a cuestas, sientes la llamada de querer meterte dentro. Sientes la necesidad de llevarte a todas partes tu cocina, tu baño, tu cama…

Quieres tener todo un poco más controlado así que cada vez piensas menos en tu mochila (esa que te ha sido tan fiel y con la que has vivido tantas cosas) y empiezas a fijarte en que, a tu alrededor, hay muchas casas rodantes que antes no veías. Aún eres incapaz de saber cuál es cuál pero, están por todas partes. Se pasean delante de ti. Pavoneándose. Dando envidia. Como enviando señales. Te sudan las manos y la emoción de lo desconocido se apodera de ti como hizo hace cuatro años. Sientes cosas. Sensaciones encontradas que empiezan desde el estómago para llegar hasta el último lugar de tu cuerpo. Haciéndose
fuertes. Conquistándote.

Por si lo de ser padres no era suficiente, hay que tomarse un tiempo para absorber toda la información que eso del caravaning parece que trae consigo. Palabras como boiler, capuchinas o claraboyas te golpean fuerte dentro de la cabeza mezclándose con otras como vacuna, pediatra y pañal. Sería mentira negar que te acribillan un montón de preguntas ante el vértigo de una nueva aventura: ¿cómo será viajar durante un periodo
largo en camper? ¿Qué tal le sentará a tu hijo? ¿Podrás resolver los problemas mecánicos que haya? ¿Encontrarás fácilmente lugares para pernoctar? ¿Será fácil pasar de un continente a otro con la camper?

Pero, si una cosa has aprendido, es que no tener respuestas no significa que éstas no existan. El viaje irá enseñándote el camino. Por el camino se irá solucionando el viaje.

Eso sí, es oficial, empiezas de cero una vez más. Empiezas con la fuerza de un recién nacido por descubrir el mundo. Y en esta ocasión, por partida doble. Doble reto. Doble ilusión. Viajando, últimamente, había cosas que ya no te sorprendían tanto porque te parecían de lo más normal y ahora resulta que no tienes nada claro. Donde antes había autobuses nocturnos de 15 horas que nunca sabes cuándo van a parar, te sueñas conduciendo tu propio destino deteniéndote donde tú quieras. Las veces que haga falta. Ahora aquí. Luego allá.

Donde antes había que dedicar tiempo a buscar un hostel relativamente digno y reservar algo de paciencia a regatear el precio a una, dos o tres noches, te imaginas durmiendo a pie de playa, de pradera, de montaña. Inspirando árboles. Saboreando olas.

Donde antes resultaba tan difícil tomar ese primer café del día como a ti te gusta… casi puedes oler el que te vas a preparar tú mismo.

Y aunque todo esto nuevo suena muy bien, lo de antes tampoco te parece mal. En el cambio, llevas la renuncia. Eres consciente de que vas a tener que tirar de recuerdos para saborear algunas sensaciones que te tenían enganchado y ya no volverán. Al menos durante unos años. Momentos como la sorpresa constante de no saber a dónde te llevan
las circunstancias, lo que te encuentras en un bar de carretera en el que jamás habrías parado o lo mucho que te hace crecer por dentro eso de dormir en humildes casas de gente local, suelo de aeropuertos y trenes atestados de gente. Vas a tener que aplazar muchas
cosas, pero sientes que vendrán otras experiencias igualmente positivas.

Aunque eso sí, aún no sabes cuáles son exactamente. Te vas a tener que dejar llevar y hacer tuyos esos cantos de sirena que dicen que “en furgo, mola más”.

A partir de ahora, empieza una nueva vida. Empieza una nueva forma de viajar. Esperas que tu hijo, en lugar de pan, traiga una autocaravana bajo el brazo. Esa con la que ya no seréis dos. Ni tres. Sino cuatro.

Esa camper con la que recorrer sin correr. Circulando. Girando. Subiendo y bajando. A derecha y a izquierda. Aparcando. Durmiendo. SoñandzzzZZZzzz… zzzZZZzzz…